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Alfonso Pérez, el artífice de la Expo de Zaragoza y su transformación: “Nunca imaginé la magnitud que alcanzaría este proyecto”

Zaragoza 26 de Sepiembre de 2026

La Expo de 2008 supuso un punto de inflexión para Zaragoza. Transformó su relación con el Ebro, dejó una nueva huella urbana y proyectó a la ciudad hacia el exterior. Pero detrás de aquel acontecimiento hubo también personas capaces de convertir una idea ambiciosa en una realidad y, después, de evitar que aquel legado quedara congelado en el tiempo. Entre ellas está Alfonso Pérez Cebrián, actual director técnico de Expo Zaragoza Empresarial y una de las figuras que ha participado tanto en la construcción del recinto como en su posterior transformación.

Alfonso llegó a la Expo en 2005 después de una adolescencia y juventud en la que tuvo que combinar los estudios y la obra por las necesidades económicas de su familia. Empezó en la obra desde el nivel más elemental como aprendiz de albañil con 16 años, se sacó el bachiller estudiando de noche y se matriculó en Arquitectura Técnica en Barcelona, a donde únicamente podía trasladarse para hacer los exámenes.

Nada más graduarse, ingresó en una constructora regional como ayudante y, a los seis meses, fue promovido a jefe de obra. Hasta que llegó la llamada de Eduardo Ruíz de Termiño para sumarse a la Expo y coordinar las obras de los edificios del recinto, dirigiendo equipos de 70 técnicos directos y hasta 2.500 trabajadores en obra. “Fue un cambio totalmente drástico. Fue un proyecto intensísimo donde creo que trabajé tanto como disfruté”.

En el equipo encargado de la edificación de la Expo 2008 convivieron una presión intensa, una alta incertidumbre logística y una gran motivación profesional, sin miedo al fracaso. “Solo hubo dos proyectos que encendieron las luces rojas, el Pabellón Puente y el Palacio de Congresos. Para ambos se diseñó un plan B, pero se llegó a tiempo. Nunca dudé de que se llegaría a tiempo”, cuenta Pérez.

Incluso, recuerda una anécdota que tuvo en sus primeras semanas, un viernes de noviembre de 2005, cuando, pese a todo el trabajo previo, todavía no se había puesto ni una piedra, pero que llenó de optimismo al equipo. “El director nos dijo que teníamos un proyecto muy duro por delante. Nos quedamos callados durante unos segundos, nos cayó como una losa. Nos hizo ver la magnitud que teníamos entre manos. No había nada visible. Hasta que un compañero dijo ‘nada, esto va a quedar de puta madre’. Fue una liberación”, expone.

Así, las obras se pusieron en marcha, todo avanzó como debía a su tiempo, hasta que llegó el 14 de junio de 2008. “Sentí alivio. Fue el primer día en tres años en el que no tenía nada de qué preocuparme. Pude pasear por el recinto sin pensar qué puede ir mal. Un asesor me dijo que, durante mucho tiempo, el éxito de la Expo estuvo a mis espaldas. Nunca pensé que el proyecto iba a tener tal magnitud e iba a exigir tanto esfuerzo y dedicación. La Expo empujó nuestros límites a zonas que muchas veces te hacen grande”, afirma Alfonso Pérez.

Pero su labor no finalizó ahí, ni mucho menos. Desde el principio se planteó que había que dejar el recinto preparado para que tuviera vida cuando finalizara la cita, pero la crisis hizo estallar todo. “Sentí inseguridad por no poder culminarlo. Varias operaciones que teníamos firmadas se echaron atrás. Nos quedamos sin soporte financiero”, lamenta.

La llegada del Palacio de la Justicia fue un antes y un después, junto a la decisión de reordenar los espacios de empresas a oficinas más pequeñas. Poco a poco, el edificio Dinamiza (donde estaban los pabellones de países extranjeros) se ha ido llenando hasta quedarse casi sin disponibilidad, mientras los edificios más icónicos están volviendo a ver la luz. “El problema es darles un uso. Toda la inversión que suponen se quedan en la ciudad, a nosotros no nos repercute. Supone recuperarlos y ponerlos al servicio de la ciudad. Tenerlos parados no es bueno para nadie”, destaca.

Ahora, Alfonso Pérez echa la mirada atrás, a esa llamada en la que le ofrecen entrar en Expo a liderar toda la construcción, y no duda de que fue una decisión correcta. “Al Alfonso de 2005 le diría que lo hiciste bien, y le daría un abrazo. Puedes tener dudas, pero sabía que iba a funcionar. Tenía claro que el proyecto iba a ser un éxito”, resalta.

Con todo ello, 21 años después, Alfonso sigue inmerso en culminar la transformación de esta zona Expo. Hay quien dice que a este punto le falta vivienda, ocio o vida por las tardes, pero su espinita está en no conseguir dinamizar el frente fluvial, recuperando los restaurantes y zonas de terraza que funcionaron durante la Expo junto a los lagos.

Fuente y Fotografía: El Periodidco de Aragón