Enrique de Teresa, padre de la Torre del Agua y encargado de su renovación: “Casi siento incredulidad por haber diseñado este espacio”
El arquitecto Enrique de Teresa, quien diseñó la Torre del Agua, es ahora el encargado junto a Cerouno Arquitectos de diseñar y dirigir el proyecto que resucitará este edificio de la Expo reconvertido en el Faro de la Logística.
Pocos arquitectos tienen la oportunidad de retomar una de sus obras 18 años después. Es como si a un padre se le arrebata a una de sus criaturas y, al llegar a la mayoría de edad, se le devuelve para que pueda moldearle el carácter. No es una tarea sencilla, pero en el caso de Enrique de Teresa (Valladolid, 1949), «es todo un honor» poder entrar de nuevo en la Torre del Agua, esa que él mismo diseñó, como responsable de un proyecto -elaborado junto al estudio Cerouno Arquitectos- que servirá para reabrir al público este icono arquitectónico de la Expo 2008. Ahora, dos décadas después, De Teresa recorre de nuevo la torre, su torre, y acompaña a EL PERIÓDICO en la visita a unas obras que transformarán este edificio en el Faro de la Logística.
¿Qué ha sentido al volver a entrar al edificio tanto tiempo después?
Es un sueño cumplido que nunca pensaba que se fuese a hacer realidad. Expresar esta emoción es muy difícil, pero reconozco que cada vez que entro en el edificio, aparte de la tensión por los problemas que hay que resolver, mi ánimo sube y siento la satisfacción y casi la incredulidad de haber proyectado este espacio. No es fácil calificar esa sensación.
¿Qué ha sentido durante este tiempo en el que el edificio ha permanecido sin uso?Como padre de la criatura no tiene que ser bonito.
No… Los edificios necesitan tener vida, porque aunque ese uso habitual suponga un deterioro o un desgaste, realmente si un edificio tiene sentido es si sirve a los ciudadanos. Esa es la función esencial que tiene en la arquitectura, que las personas la usen y satisfaga sus necesidades. Cuando no ocurre, sientes el abandono, claro, pero siempre mantienes la esperanza. Y en este caso ha sido así.
Fue hace apenas tres semanas cuando comenzaron las obras que transformarán la Torre del Agua en el Faro de la Logística de Aragón, un uso que por muy etéreo que suene, De Teresa considera «idóneo». La reforma, que no va a estar exenta de dificultades, va a suponer una inversión de 11 millones de euros (que pone el Gobierno de Aragón, propietario del inmueble) y un año de obras, un plazo que no será fácil de cumplir, según advierte ya el arquitecto. «Es lo que tienen las obras, una vez empiezas, no sabes qué te vas a encontrar», ríe.
No obstante, el estado del edificio es bueno. «La sensación es que se ha mantenido casi mejor de lo que uno pensaba», dice De Teresa recorriendo con la mirada el espacio de la planta intermedia, en la que cuelga el Splash, la imponente escultura de Pere Grife.
El proyecto de reforma contempla la creación de un espacio expositivo en la planta baja, donde también se habilitarán oficinas. El acceso a la torre ya no será a través de la pasarela que lo conecta con la bandeja que hay frente al Palacio de Congresos, sino que se entrará por lo que en su momento fue la puerta de suministros. Ahí se generará un nuevo espacio que dé la bienvenida a los visitantes, mientras que se habilitará otro para los trabajadores y una puerta por la que puedan entrar cargas pesadas y grandes, algo necesario en un espacio pensado para albergar exposiciones relacionadas con la logística.
Nuevo restaurante y mirador
A través de esa nueva puerta principal, que quedará en la esquina norte del zócalo que sujeta la puerta, junto al aparcamiento del Parque del Agua, se podrá acceder también a los ascensores que llevarán hasta las nuevas zonas de ocio que se habilitarán dentro de la torre. Por un lado estará el restaurante de la planta 23, un espacio que cambiará mucho con respecto a la cafetería que se habitó ese mismo lugar durante la Expo, y por otro el nuevo mirador, que tendrá acceso independiente. Es decir, se podrá subir hasta la azotea para admirar las vistas sin tener que pasar por el establecimiento hostelero, generando así distintas posibilidades y opciones a los visitantes.

En el restaurante, una de las cosas que se están haciendo es retirar el armazón que en su momento se colocó para envolver el entramado que compone la fachada. Hoy ya no es necesario por lo que la red de metal que sujeta los vidrios que conforman la piel del edificio será más liviana, mejorando así las vistas desde dentro.
Por su parte, el nuevo mirador va a suponer recrecer la Torre del Agua, que ganará unos cinco metros de altura, superando así la cota de los 80 metros. Ese añadido tendrá forma circular y coronará la estructura. Será, nunca mejor dicho, la guinda del pastel, una forma de decir que, esta vez, sí, la Torre estará acabada en tanto en cuanto estará en uso.
¿Cuando usted diseñó la torre, qué pensó para su uso postExpo?
El uso para el que se pensó era como pabellón de exposiciones, que es algo que normalmente tiene una vida efímera o temporal. En este caso, este edificio se pensó con la voluntad de convertirse en una construcción permanente y de ahí que en el momento de realizar el proyecto uno sea consciente de que, a lo mejor, el edificio tiene que transformarse sustancialmente para poder utilizarse después. En ese sentido, tanto el cálculo de la estructura como determinadas soluciones y la posibilidad de hacer divisiones por plantas está contemplado. En su momento se planteó la posibilidad de incluir en este nivel siete (la planta en la que cuelga el Splash) unas plantas de oficinas. Eso hubiera sido posible.
¿Le ha dolido escuchar críticas sobre la utilidad de la torre? Hay quien le ha cuestionado por diseñar un edificio hueco.
(Sonríe). Todas las opiniones son respetables y cada uno las hace desde su conocimiento. Pero también hay que valorar la cualidad de los espacios, que es una cualidad también difícilmente materializable. Cuando uno entra en edificios de una altura importante como lo eran las catedrales sientes una sensación que produce esa amplitud. Y eso es un algo que, en mi modesta opinión, creo que proporciona este espacio en el que estamos en este momento hablando.
¿Cree que además de la torre tendría que reformarse también el entorno?
Sí. La nueva entrada de la torre va a estar de cara al aparcamiento y esa será una nueva expresión del edificio, por lo que el entorno tendría que tener un carácter que acompañe a este nuevo acceso.
Esa reforma del entorno que reclama el arquitecto no está, por el momento, planteada, por lo que la nueva puerta principal dará a la parte trasera de un aparcamiento. Lo que sí ha previsto el Gobierno de Aragón es forrar la Torre del Agua con miles de luces led, una iniciativa que, por el momento, está paralizada por problemas con la adjudicación del contrato y que no forma parte del encargo a De Teresa para resucitar el edificio, si no de otro contrato. Preguntado por si le gusta esta propuesta, De Teresa es elegante aunque deja deslizar su opinión. «Los arquitectos tendemos a favorecer los elementos más estrictamente arquitectónicos (frente a los ornamentales). Pero hoy en día el predominio de la imagen es tal que desborda estas pretensiones», explica.
Pero no es lo que usted hubiera hecho.
Probablemente (sonríe). Los tiempos cambian y las exigencias cambian y los arquitectos tenemos que asumir que nuestros edificios son soportes de otro tipo de formas y de otro tipo de mensajes.
Sobre los tiempos modernos De Teresa también reivindica el papel del arquitecto y de la arquitectura en un momento en el que las prisas están llevando a la homogeneización de las ciudades. Ahí están los edificios de pisos blancos y negros, los llamados bloques cebras, que se levantan en todo barrio de nueva construcción de España, sea en la ciudad que sea. «Dentro de las limitaciones enormes de presupuesto y de lo positivo que son a veces las bandas para definir un orden general de un edificio, hay maneras de otorgarle a cada uno una personalidad propia. No puede ser que vayas a una zona y tengas que preguntarse cuál es tu edificio si este o el de al lado porque son todos iguales», comenta.
¿Qué les diría a Patxi Manglano y Daniel Olano, los padres del Pabellón de España y el Pabellón de Aragón, respectivamente? Son los únicos iconos de la Expo que quedan por rescatar.
Pues que estaría encantado de que sus edificios también cobrasen vida porque son estupendos y pueden aportar mucho.
¿Tiene usted un proyecto soñado en la cabeza?
Tengo ya bastante edad (ríe). Voy a hacer 77 años y, aunque es verdad que todavía me siento como un arquitecto en activo, tengo que reconocer que la Torre del Agua es mi edificio, es el que ha satisfecho mis expectativas profesionales.
Fuente: El periódico de Aragón

